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El Araguan

Cuento / Por: Enrique Ciapara Wicochea / Doceava edición

La brisa salina traía los últimos estertores del invierno; lo que nosotros llamamos invierno en el puerto.


Entre los pasajeros vi una cara conocida y lo invité a sentarse conmigo, era Ernesto “el lorito” y me saludó cordialmente, me comentó que iba a saludar a su familia y que tenía más de cinco años sin verlos. ¿Vienes solo? pregunté, no; me contestó, me acompañan mi hermana y mi hermano, allá están en la proa.


No era de mucha conversación y eso me gusto, yo traía la mente en otras cosas y no quería hablar.


Regresé la vista y vi como los pequeños islotes (almagres les llaman) dentro de la bahía se hacían aún más pequeños, porque les llamarán así (pensé), nunca vi que sacaran tierra roja de ellos para hacer pintura, sé que fueron usados como lazaretos en épocas de epidemia en el puerto, pero nada más. 

Antes de caer en la somnolencia que te produce en ronroneo de la máquina del barco, alcancé a mirar a lo lejos el imponente farallón de “Cabo Haro” la mar estaba en calma y me entretenía viendo en la estela las figuras que forman los remolinos y la espuma en el agua.

Como fue, no lo sé, de repente se escuchó el estruendo más grande del que yo tenga recuerdo, salimos disparados fuera de la cubierta, el barco empezó a arder, y todos los pasajeros en un abrir y cerrar de ojos nos encontrábamos flotando, unos envueltos en llamas y otros pidiendo entre llantos ser rescatados, se escuchaban los lamentos de dolor y los gritos desesperados de los pasajeros localizando a sus seres queridos que no se encontraban a su lado.


Fue tan fuerte la explosión que espantó a los lobos marinos que descansaban en los arrecifes y las gaviotas se alejaron aturdidas. De inmediato los barcos pesqueros que se
encontraban cerca se aproximaron para rescatar a los que quedábamos flotando a la deriva, tardaron una eternidad, después me di cuenta (ya a bordo del camaronero) que muchos de los que flotaban, ya estaban muertos.


Cuando llegamos de nuevo al muelle patio, ya esperaban ambulancias y automóviles particulares de gente caritativa para conducirnos al Hospital Civil.


Se ocupó de varios viajes de las ambulancias para traer a tanta gente.


El hospital se convirtió en un pandemónium, los que se veían más graves primero. Me preguntó un joven doctor, ¿Cómo te sientes? Con un poco de dolor en la espalda y en mi
cabeza, le contesté, pásale con la enfermera, ella te hará unas curaciones.

Me hicieron tomar unas pastillas para el dolor, de repente y sin esperarlo, lágrimas y sollozos empezaron a brotar sin poder contenerlas; apenas me daba cuenta de lo ocurrido; cuando bajó la adrenalina, comencé a sentir dolores por todas partes, el codo, la rodilla y el hombro, pero no llegó a mayores.


Las puertas del hospital estaban abarrotadas, todos querían conocer el estado en que se encontraban sus familiares, no dejaban entrar a nadie y un policía guardaba celosamente el acceso. Por mi parte que ya me encontraba dentro, me dediqué a buscar a mi amigo y lo encontré encamado con una pierna quebrada y a tres camas estaba su hermana, ella si se veía mal. Por la puerta trasera del hospital me dirigí a la Morgue (el descanso) para ver si encontraba al hermano de Ernesto, posteriormente me enteré que él, ni un rasguño recibió. Entre los difuntos que se encontraban (como unos diez) tirados en el piso, no había ningún conocido, pero llamó mi atención un ahogado que yacía en la fría plancha de cemento, la barba crecida y de ojos claros, opacos ya, con un pantalón de mezclilla y una camiseta rayada, clásica de los marineros. Es el Córrigan dijo una voz detrás de mí.


El Córrigan, era conocido como un viejo marinero que trabajó toda su vida en esos pequeños barcos de cabotaje; después de haber sorteado cantidad de tempestades en el Pacifico, vino a morir en el apacible Mar de Cortez. El Córrigan, a pesar de ser un hombre rudo de mar, fue excelente persona, los demás marineros lo respetaban, en la cantina se apartaba para tomar su cerveza y en varias ocasiones se fajó a golpes cuando era molestado e interrumpido en su aislamiento, clásico irlandés.

En sus mejores tiempos trabajó para la firma Servicios Marítimos del Pacífico, barcos mercantes de gran calado que surcaban todos los océanos, su nombre fue cambiado por el de SERMAR, que curioso eliminaron “vicios i timos” como si con eso fueran a ser mejores. Como vino a caer una persona tan experimentada, con tantas singladuras en su haber en estos barcos de tan poca monta, el Arturo, El Güero y el Araguan, pertenecían a Compañías Navieras irresponsables, que sin medir las consecuencias llevaban dinamita a las Compañías mineras que se encontraban en el otro lado del “charco” sin importar que en ese mismo cargamento llevasen a personas. ¿Indemnizaciones? Lo dudo, no recuerdo que hayan pagado a los familiares por esas pérdidas irreparables.


Me retiré del descanso dejando a los muertos atrás y cavilando la suerte que corrieron. Pasé a despedirme de mi amigo Ernesto y de su querida hermana que falleció cinco días después. Cuando me incorporé a la rutina, me encontré con el “quiqui” Chacón, y me dio todos los pormenores del hermano de Ernesto. Me contó que como a las nueve de la noche, del día del naufragio, fueron interrumpidos en sus juegos por la llegada intempestiva de Atanasio quien a las cinco de la tarde había abordado el barco rumbo a Santa Rosalía, llegó sin camisa y sin zapatos, mojado y tiritando de frío, y jugando les dijo: “me arrepentí, y me lancé al agua y aquí estoy”…. Después de unos minutos concluyó: “no se crean, el barco explotó” de inmediato el quiqui y su hermano se fueron al Hospital Municipal. Antes de retirarse del Hospital dice Ernesto a mi amigo Quiqui, ten; guárdame esto: era un puño de billetes de alta denominación, húmedos aún. De donde sacaste todo este dinero, le preguntó; en voz baja. Le comentó que en la explosión vio salir disparado un portafolio que se abrió en el aire, enseñando todo un caudal en billetes de diferente denominación, antes de ser devorados por un remolino, nadó fuerte hacia él, pero solo alcanzó a tomar lo que le entregaba. ¡Dios¡ que sangre tan fría, para que en esos terribles momentos esté pensando en lo material. Las cosas volvieron a su normalidad, los niños regresaron a la escuela, los obreros a sus fábricas y nosotros a los juegos y a la vagancia. Pero como todas las cosas de mi pueblo, todo se olvida, no se les indemnizó en ningún momento a los deudos de esa tragedia, y esos pequeños barcos siguieron surcando las aguas del mar de Cortez, menos el ARAGUAN, claro está.

Seguía pensando en los muertos, los ahogados que no pudieron rescatar, los veía hinchados a punto de flotar enredados en las algas y sargazos, acercándose a ellos los vacilantes y
temerosos pequeños peces y crustáceos para roer las partes blandas del difunto; párpados, orejas y los labios dejando en ellos una sonrisa perenne y al final caer al abisal los huesos mondos y lirondos. Terribles son las exequias sin el cuerpo presente, siempre pensando que algún día aparecerá por esa puerta el ser querido. Recordarlo cada vez que a bordo de una falúa te lanzas al mar para depositar las ofrendas florales.

Que despedida más fría, les dije. --Solo te vas por una semana-- replicó Rubén, --tienes
razón--, luego nos vemos, --¿rentaste camarote ?--, --no creo que tengan camarotes aquí, toda la gente va en la cubierta, son las cinco de la tarde, creo que a las ocho de la mañana estaremos en Santa Rosalía, no tiene caso gastar más ¿no creen? Bueno; me voy a subir a esta cáscara de nuez, --órale pues, que te vaya bien--, dijeron mis amigos en coro.


Casi subiendo, el barco dio su pitazo de salida, y se empezó a retirar del muelle, para mí era una aventura, me senté cerca de unos bultos que llevaba, todos rotulados para la Compañía Minera “El Boleo”, los pasajeros reían y platicaban, interrumpidos por los graznidos de las gaviotas que nos acompañaron hasta la salida del puerto.

Nuestros Senderos Coolturales es una publicación con cuatro ediciones al año y gratuita. Con fundamento en lo dispuesto en los artículos 173,174,175 y 189 de la Ley Federal del Derecho de Autor, 70 y 77 de su reglamento otorga la Reserva de derechos al uso exclusivo 04 - 2015 - 121716474100 - 102. Los escritos de los colaboradores no reflejan necesariamente el criterio de esta casa editorial. Esta publicación cuenta con 3,000 ejemplares y nuestra versión digital en www.senderoscoolturales.com con circulación en el Estado de Sonora.

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